Actividad de El Retrato de Dorian Gray



Escrito de Deisy

Querido Diario:

La noche se ha vuelto mi única confidente, pues incluso la sombra parece menos cruel que la memoria. Todo cuanto fui se me presenta ahora como una farsa sostenida por aplausos ajenos. Me pregunto si alguna vez existí realmente o si no fui más que un eco conveniente, una forma bonita destinada a desaparecer cuando dejó de divertir.

He sido despojada de mi dignidad sin que nadie levantara la voz. Amar con pureza ha sido mi mayor transgresión; creer, mi castigo. Me entregué sin cálculo, sin artificio, y por ello he sido juzgada indigna. ¡Qué mundo tan implacable es este, donde el corazón sincero es tratado como una vergüenza!

No encuentro refugio ni en la fe ni en la razón. Dios guarda silencio, y la razón me acusa. Cada pensamiento es un martillo que golpea una herida ya abierta. No hay futuro que no esté manchado por la humillación de haber sido descartada, ni pasado que no me reproche mi ingenuidad.

No temo al fin; temo a la prolongación de este estado miserable, a seguir respirando como un espectro que nadie reconoce. Si la vida exige que continúe fingiendo valor donde ya no lo hay, entonces el silencio absoluto se me presenta no como un acto de debilidad, sino como el último gesto de honestidad que aún puedo ofrecerme.


Escrito de J. H.

Creí haber encontrado el motor de vida que necesitaba mi existencia, en esos ojos preciosos y apariencia perfecta. Mi error más grande fue no buscar lo que Dios quería de mí, creí ser libre e ingenuamente solté la mirada de lo grande y majestuoso; perdí su interés por volverme un maniquí cómo el resto. Si tan solo lo hubiera entendido a tiempo, sus ojos no se habrían volteado hacía mí con decepción. Que infortunio fue creer que era tan banal cómo el resto de la gente; el amante de la belleza, amante de mi actuación. 

Ahora me ha desamparado, estoy en la penumbra de un telón que mañana volverá a subir; más su sublime mirada no será dirigida a mí, todos verán que he vuelto a ser yo misma, la representación perfecta de las líneas escritas en otro tiempo, que no son yo, pero que sé plasmar mejor que nadie. 

Ahora solo concedo a la noche una ultima actuación; mi miseria.  La luna será mi único anfitrión, y yo danzaré como lo haría ante él, entonando mis melódicas líneas con euforia, representando a la Sibyl Vane que encontró el amor, y que, bajo ese deseo puro, entregó todo; su mundo, su alma y su amor. Melodía vacía que resuena bajo la noche y que nadie nunca escuchará. Mi pecado fue amar, mi gracia será dejarlo todo una ultima vez.




Escrito de Deisy


Tras la muerte de Dorian Gray, Londres habló de él con esa delicadeza cruel que reserva para las tragedias bellas. Su nombre fue repetido en susurros, no por piedad, sino por fascinación. Lord Henry, que había jugado con su espíritu como con una curiosidad estética, continuó sonriendo, aunque sus paradojas comenzaron a parecerle menos ingeniosas y más peligrosas.

De Basil Hallward se dijo, al fin, la verdad: que había amado con pureza en un mundo que solo sabe admirar. Sus cuadros adquirieron un valor casi sagrado, como si en ellos se conservara lo único honesto de aquella historia.

Dorian dejó de ser un hombre y se volvió un símbolo. No de corrupción, sino de advertencia.
Porque la belleza, cuando no tiene alma, no eleva: seduce.

Y lo que seduce sin amar, destruye.



Escrito de Sandra


Querido James,

No sé si aún puedo llamarte así, ni siquiera sé si esta carta tendría un destinatario posible. Tal vez te escribo porque fuiste la última persona que me conoció antes de convertirme en alguien útil para el horror. Acepté ayudar a Dorian Gray porque me habló en el único idioma que todavía entiendo: el del miedo. No fue amistad, ni lealtad, ni compasión. Fue algo más bajo. Me recordó lo que yo había sido, lo que había hecho en el pasado, y me mostró con precisión quirúrgica cómo podía perderlo todo. No me dio órdenes: me dio una elección falsa.

Después, lo que siento no es culpa —la culpa exige todavía una idea de bien— sino una especie de vacío químico, como si algo esencial se hubiera evaporado dentro de mí. He perdido el derecho a mirarme como un hombre independiente. He perdido la posibilidad de decir “no” sin que suene ridículo. He perdido, sobre todo, el silencio interior: ese espacio donde antes podía pensar sin oír su voz.

Tal vez siempre fui un cobarde. Tal vez sólo ahora tengo pruebas.

A. C.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares